noviembre 15th, 2017 | | Deporte

Un brindis por la fisioterapia, osteopatía, podología, entrenamiento… Salud!

Ha pasado mucho tiempo, demasiado, desde la última vez que escribí en este blog. Los motivos, aparte de profesionales, han estado muy relacionados con la salud. La salud entendida como el estado físico y emocional que te permite hacer uso pleno de las capacidades de tu cuerpo y tu mente sin dejar de percibir bienestar.  Porque yo necesito un cuerpo que me permita hacer cosas extraordinarias mientras exista la más mínima posibilidad de ello. Y os voy a contar cómo la fisioterapia, podologíaosteopatía y entrenamiento me han ayudado a recuperar la salud.

Como decía Sócrates: “ningún ciudadano tiene el derecho de ser un amateur en materia de entrenamiento físico. Qué desgracia es para el hombre envejecer sin nunca ver la belleza y la fuerza de la que su cuerpo es capaz”.

En estos meses he tratado de recuperar las condiciones físicas que me permitan recuperar la capacidad de mi cuerpo y mi mente de explorar sus límites. Allá por el mes de enero empecé a sentir dolores de cabeza recurrentes que se veían especialmente agravados cuando me sometía a un esfuerzo físico intenso. La alarma saltó cuando en una salida a la montaña con los Arapahoes, del grupo de los Cualquieras , comencé a sentir naúseas y mareos a partir del kilómetro 2. Eso obligó al buenazo de Fran Quirós -amigo, gracias otra vez- a acompañarme durante los 20 kilómetros restantes que nos separaban del final de la ruta.

Intenté correr, más que por mí por mi compañero, con el que me sentía en deuda por haberle obligado a echar pie a tierra para no dejarme sola durante las 3 largas horas de caminata. Pero me mareaba. Decidí dejar de correr por montaña hasta solucionar el tema ya que en esas condiciones no tenía garantía de poder terminar las rutas y no podía regresar por mí misma de vuelta a mi coche.

Empiezo a preocuparme por mi salud

Los dolores de cabeza seguían y se intensificaron a pesar de que mi ritmo de entrenamiento bajó sustancialmente. Me hice una resonancia magnética para descartar cosas feas y en los resultados no se vio nada serio aunque sí una pequeña malformación congénita a la altura de la nuca, justo donde la columna vertebral inserta en el cráneo (Chiari Grado 1). Un hallazgo casual, me dijeron. Pero aún así me fui al neurólogo con los resultados. Me prescribió unas pastillas preventivas para las migrañas y me sugirió que consultara con un neurocirujano la posibilidad de operar. ¡¿Operar!? ¿Operarme de la cabeza?

Como dejando de correr los dolores no se iban, decidí volver a hacerlo. Me inscribí en una de las carreras más chulas del Gran Premio de Fondo de la Diputación de Granada, la de Alhama de Granada, con 11 kilómetros de mucho desnivel. En asfalto, si te sientes mal siempre tienes la posibilidad de parar y volver andando al coche o a casa, así que empecé a entrenar exclusivamente por la ciudad. Pero el día de la carrera, en la primera cuesta seria empecé a sentirme mal y al parar todo comenzó a darme vueltas. Por primera vez anduve en lugar de correr en una carrera.

Lo siguiente sería dejar el yoga, la mayoría de posturas invertidas me ocasionaban una fuerte presión en cuello y cabeza. Yo practico el vinyasa flow y ashtanga donde cada cambio de postura pasa por un saludo al sol así que imaginaréis que ponerse boca bajo unas 30 veces en cada práctica no me venía del todo bien.

Perro boca abajo, postura del saludo al sol de transición en vinyasa flow, una disciplina de yoga.

Perro boca abajo, postura del saludo al sol de transición en vinyasa flow, una disciplina de yoga.

Un día, a la salida de la fisioterapeuta que me estaba aplicando terapia craneosacral cada quince días, decidí salir a correr de nuevo para ponerme a prueba. Empecé a andar. No hacía ni seis meses que cruzaba la meta de una de las maratones de montaña más duras de España, Jarapalos, tras 7 horas corriendo monte traviesa. Y ahora, en cuanto aceleraba el paso caminando me atacaba una fuerte presión en la nuca y la cabeza.

Lo siguiente sería dejar de hablar, porque ya no soportaba ni mi propia voz resonando en mi cabeza. Así que decidí ir al neurocirujano, como me había recomendado el neurólogo, para que estimara la posibilidad de operar. Me dijo que no tenía nada neurológico y que siguiera el tratamiento. Hasta ese entonces, no me había tomado ni una sola pastilla de las prescritas, no solo porque me resistía a la solución farmacológica de por vida, sino porque no veía relación alguna entre las migrañas y mis dolores. Cuando empezaron a hormiguear las manos empecé sin dudarlo.

Un revelador encuentro con la podología

Cierto día, mi podóloga Elena García Justicia se interesó por la evolución de mis síntomas. Tened en cuenta que me he ahorrado en este relato algunas partes para no hacerlo interminable pero resumiré cuál fue la intervención de Elena en todo este asunto mío de la cabeza, y es que también estudié la posibilidad de que todo fuera fruto de mi mala postura ya que soy muy pronadora y quizá eso estuviera tocando mi columna y mis cervicales. Una vez probada la solución biomecánica (plantillas), Elena vio abierta otra posible vía de exploración para encontrar la causa de mis dolencias. La vértebra Atlas.

Y, oh Dios. Bendigo el día que me mencionó esa posibilidad en medio de la Plaza de la Trinidad, a la salida de una clase ‘suavita’ de yoga. La vértebra Atlas es la última de la columna cervical y rige la posición del resto de la columna por lo que si se desalinea mínimamente por algún motivo (latigazo, daño al nacer…) todo tu cuerpo y todo tu ser (aparatos músculo-esquelético, circulatorio, neurológico…) sufren y los síntomas se multiplican. No quiero ni debo ahondar en ese asunto porque soy mera sufridora pero dejaré aquí un enlace a la página que iluminó las tinieblas entre las que me movía yo con respecto a mis dolores: corrección de la vértebra Atlas.

Tachán! Pon un osteópata en tu vida!

Otro de los grandes regalos que me hizo Elena García -la mejor podóloga de Granada, jeje-, fue hablarme de Pedro, del Centro Andaluz de Osteopatía. La corrección del Atlas pasa por la manipulación del cuello, un movimiento seco y preciso con el que la vértebra vuelve a ocupar el lugar que nunca debió abandonar (insisto en que no os quedéis con la literalidad del sentido de mis palabras. Son los profesionales los que se pasan la vida estudiando, formándose y adquiriendo experiencia con la práctica para poder hacer afirmaciones con fundamento, no yo). Pero creédme como paciente que hay que confiar plenamente en las manos de quien retuerce tu cuello como yo confié en las de Pedro. “Vengo como el que viene a Lourdes”, le dije.

Y yo no sé si a esa virgen se le atribuyen milagros tales como el que aquel osteópata obró sobre mi maltrecha cabeza, pero he de decir que yo lo sentí como un exorcismo, como si la energía maligna que había estado mordiendo mi nuca durante nueve meses hubiera abierto la mandíbula con aquel giro. Cinco minutos entre exploración, diagnóstico y manipulación y… puf… se acabó. En honor a la verdad, tres meses más tarde, y dado que mi intención -siempre que exista esa posibilidad- es estar al cien por cien para poder darlo todo, visité a otro gran profesional de la fisioterapia, Torcuato, de Fisioelite, otro imprescindible en Granada, porque aún notaba cierta rigidez en el cuello y presión en la cabeza en periodos de estrés o de cansancio,  por falta de sueño, al elevar la voz o toser. Me dijo que podía padecer una neuralgia de Arnold…

Y, cómo no, la fisioterapia…

Me repito con aquello de que busquéis un profesional de vuestra entera confianza para estas cosas porque en esta ocasión, Torcuato me ‘sometió’ a una hora y media de neuroestimulación en cuello, nuca y cabeza, que me dejó súper chocada por lo dolorido de la zona pero al que yo me rendí porque sabía que era lo que necesitaba. Un tratamiento que administra impulsos eléctricos por medio de electrodos implantados en el espacio epidural, cerca de la médula espinal, y en mi caso además a la altura de la cabeza.

Cuando escribo esto, no han pasado ni dos días del tratamiento pero noto como si este cuello que sujeta mi cabeza no fuera mío. Dicen que la convivencia con las cefaleas es tan intensa que, cuando te desprendes de ellas notas sensación de vacío, como si echaras de menos una condición física que te ha acompañado durante largo tiempo. Yo no las echo de menos, entre otras cosas porque no me creo que se hayan ido aún, pero sí es cierto que ya he de agradecerles algo: mi experiencia con los profesionales de la salud que actúan fuera del ámbito hospitalario.

Sin menoscabo de los/as médicos/as, farmacéuticos/as y demás personal sanitario, en cuyas manos está nuestra salud en última instancia y sin cuya sabiduría ya estaríamos muertos o maltrechos, he de reconocer que para aquellos que gustamos de darle ‘caña’ al cuerpo contar con la complicidad de los expertos en calibrar y poner a punto todas las piezas del chásis es un gustazo. Y un alivio.

NOTA FINAL: No me olvido de Juan Carlos, el otro osteópata de la clínica que siguió con el tratamiento, para afianzar los resultados y prevenir las recaídas) ni de Rocío Varo, mi Rocío, que está en el día a día trabajando con mi cuerpo para aliviar las consecuencias del machaque al que lo someto; ni de Jovita Millán, mi entrenadora personal que, de forma paralela a todo este proceso, ha estado entrenando los músculos de mi cuello para compensar mis malas posturas…

A tod@s ell@s, gracias, seguid dándole al coco y a las manos que nos hacéis mucha falta.

entrenamiento personal, salud, vida sana

¡Seguimos con la puesta a punto!

Dejar una Respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puede utilizar estos atributos y etiquetas HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>